Y Disney decidió La Cenicienta
Cuando hablamos de narración oral tradicional hablamos de una partitura provisional, de un largo proceso de transformación colectiva, de elecciones de palabras y estilos, de paso de lo oral a la escritura, de diálogo entre tradiciones, de censuras, de diversión y de formas de entender nuestro mundo.
Y luego llegó Disney. El antes y el después en el que la partitura deja de ser provisional para transformarse en la única versión posible: la versión que Disney. Ese «cuento de siempre» que todos creemos conocer.
¿Por qué Disney eligió cuentos de nuestra tradición oral?
Porque ya eran populares entre el público que podía pagar una entrada de cine. Eran historias familiares para los padres que acompañaban a los niños; relatos que evocaban mundos reconocibles, seguros y cargados de tradición.
Desde sus inicios, Disney mostró un interés por estas narraciones populares. En 1922 adaptó Caperucita Roja, Ricitos de Oro o Los músicos de Bremen.
Y la lista continuó:
- 1933: Three Little Pigs
- 1937: Snow White and the Seven Dwarfs
- 1950: Cinderella
- 1959: Sleeping Beauty
- 1991: Beauty and the Beast
- 1992: Aladdin… entre muchas otras.
«Las historias populares y la rica iconografía europea de los cuentos de hadas tradicionales eran una fuente de inspiración, un pozo temático que reunía las características adecuadas: unos héroes y heroínas interesantes, unos agresores malos y clásicos, unos argumentos que tocaban el corazón de cada uno de los miembros de la familia y, sobre todo, unos temas, unos personajes y unos argumentos universales y conocidos.» Lluch 2003: cap. 5.
La Cenicienta: el mito domesticado
Y llegamos a la Cenicienta, la Ventafocs, Cinderella, Culocenizón o la Puerca Cenicienta.
Disney tenía clarísimo por qué adaptar La Cenicienta: era una historia de buenos y malos en la que, inevitablemente, ganan los buenos. Perfecta para dejar satisfecho al público.
Pero cuando comparamos la versión de Disney con las tradicionales, la distancia es enorme. En las cenicientas de Basile, Perrault, Grim, Alcover, Espinosa o Valor:
- La protagonista decide por sí misma cuándo retirarse del baile.
- La ayuda no viene de un hada madrina, sino del espíritu de su madre muerta.
- Los elementos mágicos provienen de árboles, ramas o frutos simbólicos.
- El tono es mucho más oscuro que el que transmitió Disney.
De hecho, solo en la versión de Perrault aparece la famosa obligación de volver a casa a medianoche, el hada madrina y el zapato de cristal. Y, aun así, Disney eligió precisamente esa versión, No es casualidad. Como Disney dijo:
«Al final, recordarán la historia de la forma que la filmamos», Lluch 2003: Cap. 5
Si no estuviera convencida de que leer una historia de la tradición oral es también conocer cómo los pueblos han intentado explicar su mundo… Si no hubiera una serie de relatos a los que la zarpa de Disney ha desfigurado, no volvería una y otra vez sobre el tema.
Cuando he trabajado con docentes y bibliotecarios comparando versiones de La Cenicienta, siempre pido que cuenten la historia tal y como la recuerdan. El resultado es el mismo: Disney se ha instalado en nuestro ADN narrativo. Ha colonizado nuestro imaginario sin pedir permiso.
El precio de la simplificación
La versión que hoy domina el imaginario global es la suya: una lectura norteamericana y patriarcal de un cuento europeo antiguo. En ella, la protagonista solo puede alcanzar la felicidad mediante la obediencia, la sumisión y la adecuación a un orden previamente marcado.
Las versiones tradicionales mostraban una protagonista con más astucia y más margen de actuación del que Disney permitió.
Cenicientas antes de Disney
A lo largo del tiempo (Lluch 2003: cap. 5) he analizado diferentes versiones de La Cenicienta y en el capítulo «De la Cenicienta a las princesas del Hola.La vigencia de un mito» construimos la historia que reunía las variaciones de las diferentes escrituras.
Las cenicientas de Basile, Perrault, Grim, Alcover, Espinosa o Valor comienzan con la pérdida de la madre o con la figura de un padre viudo. En algunas variantes, incluso encontramos episodios que hoy consideraríamos impensables: hijas que matan a la madrastra para sustituirla por otra, familias con números muy diferentes de hermanastras.
La acción se inicia cuando la despojan de su condición social y familiar:
«pasó del dormitorio a la cocina y del dosel al fogón», «los primeros días le daban para comer pan con miel, pero pronto, pan con hiel».
Y la hija de un noble o un rico comerciante se transforma en la Ventafocs, la Cenicienta, la Culocenizón o la Puerca Cenicienta.
Pronto hay un cambio: el anuncio de un baile. Entre exigencias o ruegos, Cenicienta consigue ir. Los vestidos que necesita los obtiene de una rama de almendro (en Grimm) o de unos dátiles (en Basile) que crecen en la tumba de su madre. Sólo en Perrault hay un hada.
El baile es el lugar donde se ponen en juego las diferentes estrategias de la protagonista: el misterio cuando entra en la fiesta, la desaparición repentina del baile o la pérdida del zapato. Consigue crear un clímax que acrecienta el interés de los lectores, estimula el del rey y, en algunas versiones, la envidia femenina.
Es necesario detenerse en la retirada del baile porque, en el imaginario colectivo, la Cenicienta tiene la obligación de retirarse a las 12 pero, paradójicamente, esta exigencia solo aparece en la versión de Perrault. En todas las versiones, ella toma la decisión; es decir, en todas las versiones, menos en una, Cenicienta tiene el poder suficiente para elegir el momento adecuado para retirarse del baile y volver a casa:
«cuando anocheció, la joven quiso irse», dice Grimm.
En 1950, Walt Disney estrena su versión (post de Sergio Benítez en Blog de cine). Y Walt Disney lo tenía claro:
«Ahora la gente no quiere cuentos de hadas como antes estaban escritos. Eran demasiado toscos. Al final, recordarán la historia de la forma que la filmamos» (Lluch 2003: cap.5)
Y, en efecto, la profecía se cumplió. La Cenicienta que tú y yo recordamos es la de Disney. La que él pensó, diseñó y nos vendió. La que fijó en nuestro imaginario qué debe ser una princesa, cómo debe comportarse y qué camino debe seguir para alcanzar su final feliz.
Y llegamos a los Bridgerton
Y así ha sido en las versiones que han pasado a la literatura infantil y juvenil, obviando las múltiples versiones europeas.

Y, sobre todo, en las diferentes adaptaciones audiovisuales para todos los públicos. El mejor ejemplo es la serie de los Bridgerton en su 4 temporada, aunque aquí hayan sustituido el zapato por un guante.
